martes, 26 de febrero de 2019

Amores de dancing

     En la calle donde vivía había unos árboles que con mis ojos de niña veía altísimos. Enfrente de mi casa, había un dancing llamado Salón Metropolitano. Las personas que entraban y salían me fascinaban por su elegancia y su soltura, por sus risas y su forma de moverse, como si bailaran ya.

     De aquel lugar misterioso se escapaban cada vez que la puerta oscura se abría, notas  y melodías lejanas y alegres.
     Una tarde me escapé de la vigilancia de mi abuela y crucé la calle.
     En el umbral del Metropolitano, estaba una pareja. Eran como dos actores de las películas americanas que veía con mis padres el domingo en el cine Coliseo. La mujer lloraba y  miraba al hombre, implorando, en vano. Me estremeció la indiferencia en la que se desarrollaba lo que para mí era un drama : las parejas seguían entrando y saliendo, el portero de uniforme rojo, vigilando, los transeúntes, pasando. De pronto y bruscamente, el hombre le dió las espaldas a la mujer y se alejó calle abajo dejándola en sus lágrimas. En el momento preciso mi abuela surgió a mi lado.

     -  Nena, qué haces, vente ahora mismo...

     -  Abuela, mira como llora la señora.
     -  Déjala llorar. Quién busca el pavo real, encuentra un buitre.

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