Portales
El portal de la casa era de hierro forjado y se abría a la entrada de mármol blanco.
Cuando mi abuela sacaba una silla a la acera para encontrar un poco de aire las tardes de calor, yo me sentaba an el portal; abrazaba mis rodillas y me distraía mirando a la gente pasar, o entrar y salir del dancing Metropolitano. Me imaginaba toda clase de historias para todo el que pasaba delante de mí.
En el portal de al lado vivía mi prima Maruja. Allí sentadas con mi tía, mi madre y mi abuela, comíamos la coca de San Juan mirando la hoguera encendida en el cruce, delante de la Casa China.
Y un día de 1957, mi prima, mi tía y mi abuela, de pie en el portal, nos acompañaron con la mirada cuando mi madre y yo nos íbamos a la estación de Francia, a reunirnos con mi padre que nos esperaba en Hendaye.
Miedos
Un día mi madre como muchas veces me llevó a pasar la tarde al parque de la Ciudadela.
Sólo recuerdo que me escapé de su vigilancia y me alejé. Cuando me di cuenta y empecé a buscarla, en pánico, la vi que corría por las escaleras como una loca, parando a las personas. Aquel día, ella llevaba un vestido de flores verdes y amarillas que seguí como un faro, zigzagueando entre los paseantes hasta reunirme con ella, llorando de miedo y de pena por haberla asustado.
Mi madre tenía una obsesión : que los gitanos me llevasen, por ser una niña morena de ojos negros.
La niña y el muñeco
En el terrado, al lado de la vivienda de mis padres, tenía su taller una pintora que vivía en uno de los pisos de la casa.
La morenita solitaria, de trenzas y ojos oscuros la interesó. Aún recuerdo el olor característico de las pinturas y productos que usaba. Para las largas horas de pose en su estudio, me había instalado sentada en una mesa cubierta de terciopelo de un rojo profundo. Tenía en brazos a mi muñeco Paquito, inclinado el rostro hacia sus ojos de celuloide azules. En mi recuerdo, creo que llevaba lazos en las trenzas y zapatos de charol.
Un día, la pintora cuyo nombre no recuerdo, hizo una exposición de sus obras. Mi retrato desapareció, para reaparecer misteriosamente días después.
Nunca supe lo que había sido de aquel cuadro.
Las golondrinas
En el terrado al atardecer, en el cielo azul, dulce y luminoso, volaban las golondrinas, rayándolo de líneas negras.
En cuanto oía su grito agudo, corría hacia la parte que daba a la calle Consejo de Ciento, protegida por una espesa reja negra. Allí me pasaba largos momentos siguiendo su coreografía impetuosa. A veces se escapaban hacia la izquierda, hacia la Casa China. O hacia la derecha, hacia los campanarios de San José Oriol, y más lejos, se perdían en la neblina marítima hacia Montjuich. Qué suerte tenían de poder volar...
El terrado
La humilde vivienda de mis padres en la que pasé mis primeros ocho años, era una isla en el sol, en el cielo y el aire. El terrado de ladrillos de un marrón rojizo, estaba bordeado por los geranios y los cactos de mi madre, en una hilera de tiestos de tierra.
Allí tomaba el sol y me bañaba en un balde grande los días calurosos de verano, o dormía la siesta en una hamaca. A veces sacábamos los colchones y pasábamos la noche entera, cuando el calor agobiaba.
Era mi terreno de juegos, y de observación, ya que desde la altura podía ver los balcones de las casas que rodeaban, allá abajo, el patio de losas de color naranja, y fragmentos de las vidas que me imaginaba en los pisos, protegidos por persianas verdes.
Pero lo que me encantaba era contemplar, bailando al viento, la ropa que mi madre tendía, y las nubes que pasaban volando.
Primer recuerdo
El día de mis cuatro años iba yo muy orgullosa con los dedos de la mano derecha preparados para contestar a cualquiera que me preguntase ¿ cuántos años tienes, nena ?
Mi padre, como muchas veces me llevó de paseo a la plaza de Cataluña, donde un fotógrafo callejero nos sacó una foto, entre las palomas que nos rodeaban.
Sólo años después, al dar con la foto, recordé que mi madre me había trasquilado. ¿ Piojos ? ¿ Cabello fino como la estopa ?
El fotógrafo me inmortalizó con el cráneo como una bola de billar, y yo ni me di cuenta.
El chaflán chino.
A veces me escapaba de la mirada de mi abuela, salía de casa, y a mano izquierda, a pocos metros estaba el mundo prohibido y anhelado de la libertad y la fantasía. Antes tenía que pasar delante de la papelería en la que trabajaba mi tío, de la huevería de la señora Raff, refugiada judía con su hijo minusválido que nos perseguía como un Quasimodo, infundiéndonos a todos los niños de la calle un pánico delicioso. A continuación venía la perfumería y sus fragancias que se evadían hasta la acera, y por fin, ajustándose al ángulo del chaflán, la barbería, con su fachada verde de líneas rojas y reflejando la calle en sus espejos brillantes.
Enfrente, se alzaba la Casa China, roja y blanca con persianas verdes.
- Abuela, ¿dónde están los Chinos ?
- ¿ Qué Chinos, nena ?
- Los que viven en la Casa China... Nunca los veo.
- Ay, nena, qué pánfila eres. Deja a los Chinos en China.