viernes, 16 de agosto de 2019



El terrado



     La humilde vivienda de mis padres en la que pasé mis primeros ocho años, era una isla en el sol, en el cielo y el aire. El terrado de ladrillos de un marrón rojizo, estaba bordeado por los geranios y los cactos de mi madre, en una hilera de tiestos de tierra.
     Allí tomaba el sol y me bañaba en un balde grande los días calurosos de verano, o dormía la siesta en una hamaca. A veces sacábamos los colchones y pasábamos la noche entera, cuando el calor agobiaba. 
     Era mi terreno de juegos, y de observación, ya que desde la altura podía ver los balcones de las casas que rodeaban, allá abajo, el patio de losas de color naranja, y fragmentos de las vidas que me imaginaba en los pisos, protegidos por persianas verdes.
     Pero lo que me encantaba era contemplar, bailando al viento, la ropa que mi madre tendía, y las nubes que pasaban volando. 

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