El chaflán chino.
A veces me escapaba de la mirada de mi abuela, salía de casa, y a mano izquierda, a pocos metros estaba el mundo prohibido y anhelado de la libertad y la fantasía. Antes tenía que pasar delante de la papelería en la que trabajaba mi tío, de la huevería de la señora Raff, refugiada judía con su hijo minusválido que nos perseguía como un Quasimodo, infundiéndonos a todos los niños de la calle un pánico delicioso. A continuación venía la perfumería y sus fragancias que se evadían hasta la acera, y por fin, ajustándose al ángulo del chaflán, la barbería, con su fachada verde de líneas rojas y reflejando la calle en sus espejos brillantes.
Enfrente, se alzaba la Casa China, roja y blanca con persianas verdes.
- Abuela, ¿dónde están los Chinos ?
- ¿ Qué Chinos, nena ?
- Los que viven en la Casa China... Nunca los veo.
- Ay, nena, qué pánfila eres. Deja a los Chinos en China.

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