domingo, 3 de marzo de 2019


Fin de fiesta

     - Abuela, me siento en el portal para ver a la gente que pasa.
     - Bueno, nena, pero no te muevas de ahí, que yo te vea.
    En la luz azulada del atardecer, las letras de colores chillones del Salón Metropolitano resplandecían. Formaban un espacio luminoso en el que el uniforme rojo de botones dorados del vigilante se alzaba como una estatua.
     Una mujer de larga cabellera rubia y vestida de verde, a estilo Rita Hayworth, se detuvo delante de la puerta oscura. Llevaba unos zapatos de tacones finísimos, del mismo verde esmaralda que su vestido. Unos labios de rojo encendido. Parecía esperar a alguien. Miraba hacia ambos lados, daba unos pasos para entrar en el dancing, se volvía, retrocedía. Emanaba de su figura ansiedad y tristeza. Así pasó una hora, yendo y viniendo por la acera. 
    Se acercó al vigilante y cambiaron unas palabras. El hombre movía la cabeza, y la cogió de los hombros, acercándose a ella, hablándole con paciencia y amistad, hasta que la mujer rubia de verde se dió la vuelta y se fue calle arriba con pasos lentos y desanimados.
     Varios días estuve esperando sentada en el portal, con las rodillas entre los brazos. No la volví a ver. El vaivén de la vida siguió en el Metropolitano, su música, y sus luces brillantes, y su carrusel de encuentros y desencuentros. 

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